Ayer ya no escribí nada porque me puse a leer unas cosas para cierto ensayo. Entregado hoy.
Y pues resulta que los ensayos de ayer sólo me sirvieron para demostrarme que el ritmo y giro que está tomando el montaje son bastante crudos, agresivos, violentos. Me di cuenta que como ser humano no lo soporto, me asustan. Me asustan en el sentido de que debo ser yo quien los provoque y ejecute.
Me doy cuenta también de que es una parte tan inherente en mí como ser humano que desde el punto de vista de espectador lo disfruto mucho. Me invita a liberar mi mente, le saca las ideas reprimidas que tiene y le hace vomitar sus enfermedades.
Y como actor no es más que lo que yo esperaba. El medio para poder vomitar todo eso es la actuación misma. Es el rito en el que se está transformando la obra. Se vuelve una concentración de energía increíblemente vertiginosa. Me lleva por caminos que nunca había tocado en una vorágine de emociones.
De eso se trata, de olvidarme del ser humano y traer a ese ente metafísico que Artaud describe de manera poética. Permito que esa energía, llámese como se llame, utilice mi cuerpo para depositarse y la hago hablar, la doy vida. Ahora entiendo tantas y tantas cosas llevadas a la práctica de una forma que no imaginé que existiera. No es sólo el teatro balines o el kathakali, es otra cosa. Es permitirme vivir con las entrañas hacia afuera, dejando al descubierto lo que soy y mostrándome vulnerable y susceptible de caer en los vicios de la humanidad.
Ahora sólo restan dos cosas:
- Permitírme vivir las sensaciones y dejarlas existir por sí mismas y
- Conducirlas para que las cosas no salgan de control de formas inconvenientes.
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