Para hacerse presente la voz es una herramienta enorme. Sin embargo no sirve de mucho si el cuerpo no existe y viceversa.
Si logro empatar ambos todo fluirá mucho más fácilmente. Si me cuesta trabajo matizar es precisamente porque no encuentro el mecanismo corporal para darles las intención a las palabras, entonces el texto se vuelve monótono y aburrido. En ciertos momentos del ensayo de hoy logré esa empatía que tanto buscaba, pero fueron sólo momentos fugaces que de pronto se iban. El reto entonces es hacer de esas pequeñas sensaciones una constante en toda la obra. La palabra me sirve para decir lo que siento, no utilizo la palabra para sentir.
En cuanto a energía, esta vez no hubo problemas que ensuciaran el trabajo y creo que tuvo mucho que ver con el rompimiento del hábito que habíamos llevado hasta el momento. La rutina fue distinta debido a una serie de contratiempos que, al menos a mí, me sirvieron para acomodar mis ideas y darme cuente de en dónde estaba parado y desde dónde se desarrollaría el ensayo. Así, otro de los logros de hoy fue (y este tiene mucho que ver con la cuestión energética) el entendimiento del ritmo como pieza fundamental del absurdo. No hay huecos sin llenar en cuestiones dramáticas, cada uno está siempre presente sin dejar que la escena se alarge innecesariamente. Esta tarea nos corresponde a todos, pero en gran parte de la obra, la responsabilidad recae específicamente en mí.
Poco a poco voy entendiendo el ritmo interno del personaje, que no deja que las situaciones lo sobrepasen, tratando de ser él quien esté sobre ellas. Para lograrlo evita siempre el silencio, tanto de palabra como de intención dramática, estando así siempre un paso adelante de la alumna.
Estamos por terminar de montar y eso me entusiasma mucho, sin embargo también me hace ver el enorme compromiso que eso representará.
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